Era en un principio una servilleta de papel que se decidió transformar en flor-pájaro revoloteando por el cuarto y con más fuerza que la payasa que lo sostenía dirigiéndola por toda la habitación. Descansaba cada tanto en la nariz del amiguito dueño de la cama y también visitaba a la cabeza de la mamá.
Cada tanto se volvía más flor y quien la oliera danzaría como los mejores bailarines del Colón, es que un perfume tan mágico es tan bueno como una orquesta sinfónica para danzar.
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